top of page

¿Participar o Desconfiar? El dilema que define a Panamá.

Actualizado: 1 sept 2025

El interior de Panamá es más que una geografía, es un estado de ánimo. Es la postal viva del abandono; escuelas que se caen a pedazos, carreteras deterioradas con sabor a polvo, hospitales sin personal médico ni insumos y un centralismo que concentra las oportunidades en la capital, un país donde la planificación se negocia más en oficinas políticas que en consultas ciudadanas. El resultado: desconfianza, conflictos y protestas que retrasan o incluso detienen iniciativas que pudieron generar un impacto positivo.


Los datos muestran una realidad ineludible; según el Censo 2023, más de 220,000 hogares carecen de agua potable, un derecho fundamental convertido en lujo. El sistema educativo refleja otra faceta de esta desigualdad: existen más de 1,100 escuelas en condiciones físicas deficientes, donde el entorno mismo dificulta el aprendizaje. En salud, la situación es crítica: hospitales regionales como los de Veraguas, Los Santos o Darién, operan con déficits crónicos de especialistas, forzando a los pacientes a peregrinar hacia una capital saturada. La economía refleja esta desigualdad: las provincias sufren tasas de desempleo superiores al 12%, frente al 7.8% de la capital (INEC, 2024).


La desconfianza; aunque comprensible, paraliza y divide, le abre la puerta a los mismos políticos de siempre.

Esta desconfianza no es infundada; es una respuesta lógica a la corrupción sistémica. Cada escándalo de corrupción, cada obra inconclusa y cada presupuesto mal manejado refuerza la percepción de que las instituciones solo funcionan para unos pocos.  Panamá ocupa la posición 114 en el Índice de Percepción de Corrupción 2025, con apenas 33 puntos sobre 100. Este panorama se intensifica al evidenciar esta desigualdad: el 20% más rico de la población concentra más del 50% de los ingresos nacionales (PNUD, 2024), mientras que el sector agropecuario, que da empleo a más del 15% de la fuerza laboral, apenas contribuye con un 2.5% al PIB, evidenciando un modelo económico que margina al campo.


Pero la desconfianza; aunque comprensible, paraliza y divide, le abre la puerta a los mismos políticos de siempre. Participar; en cambio, es más incómodo, exige compromiso y un rol fiscalizador constante. Es el camino que han tomado comunidades campesinas e indígenas que, alzando su voz unida, han logrado detener proyectos extractivos impuestos sin consulta, recordándole al poder que el desarrollo genuino se construye con consenso, no por decreto.

Participar va más allá de votar cada cinco años; es convertirse en un auditor social permanente, en exigir que leyes como la de Descentralización del 2009 dejen de ser letra muerta y otorguen a los municipios autonomía real para que gestionen su destino, liberándolos de la asfixia financiera del centralismo del MEF.


Panamá está en una encrucijada existencial: seguir en la desconfianza cínica, quejumbrosa y cómoda que nos mantiene como espectadores. O convertimos la participación en un pilar fundamental del desarrollo equitativo y sostenible. La transformación nace abajo, crece en las comunidades y estalla cuando la gente decide dejar de pedir permiso para ser protagonista de su propia historia. El futuro no se espera, se conquista. La pregunta no es solo si queremos participar o desconfiar, sino qué país estamos dispuestos a construir con nuestra participación.



Autor: Samy John Agrazal A.

Arquitecto urbanista y estudiante de Maestría en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible.

Comentarios


bottom of page