Ciudades en Crisis: Lecciones del Desorden Urbano en Panamá
- Arq. Gabriel Solano Lázaro

- 15 sept 2025
- 4 Min. de lectura

Reflexiones sobre el programa Radar del 14 de septiembre de 2025
Este domingo por la mañana, mientras me preparaba el café y revisaba titulares, decidí ver el programa Radar de TVN Noticias. No esperaba mucho más que un resumen noticioso, pero lo que encontré fue una conversación profunda, urgente y reveladora sobre uno de los temas más críticos que enfrentamos como país: la planificación —o más bien, la falta de ella— en nuestras ciudades.
El episodio se centró en la pregunta: ¿Cómo ordenamos nuestras ciudades?, tomando como punto de partida el caso del corregimiento de San Francisco. Lo que parecía una discusión puntual sobre una zonificación polémica terminó siendo una radiografía muy honesta —y dolorosa— del caos urbano que hemos heredado y seguimos alimentando.
Zonificación, caos urbano y la ciudad que no termina de planificarse
Todo comenzó con el caso de San Francisco, un corregimiento que desde hace años vive entre protestas, cambios de zonificación, promesas rotas y la sensación colectiva de que el desorden urbano ya superó todos los límites razonables.
Los panelistas hablaron de movilidad colapsada, vecinos enfrentados, normas confusas y decisiones improvisadas. Pero lo más alarmante fue ver cómo este desorden no solo genera incomodidad, sino que profundiza las desigualdades sociales: quienes tienen más recursos encuentran cómo adaptarse; los demás simplemente cargan con las consecuencias.
Y entonces aparece en la conversación Jorge Ricardo Panay, secretario ejecutivo de la Asociación de Municipios de Panamá, con un dato que me dejó pensando: llevamos más de 80 años tratando de ordenar el territorio, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Y aún así, seguimos sin lograrlo del todo.
Eso sí, fue con la Ley 6 de 2006 que el país dio un paso importante: dejó de pensar solamente en “zonificar” y se comprometió, al menos en papel, a ordenar integralmente todo el territorio, con visión a largo plazo y reglas más claras.
¿Para qué sirve el ordenamiento territorial?
Luego intervino Nelson Ariel Espino, arquitecto y experto en planes de ordenamiento territorial. Sus palabras fueron directas y contundentes:
“Toda actividad económica ocurre en el territorio.”
Es decir, sin un territorio bien planificado, no puede existir desarrollo económico sostenible. Pero también —y esto me marcó— no puede haber calidad de vida sin normas claras, sin protección ambiental, sin una lectura adecuada del suelo que habitamos y del aire que respiramos.
Panay agregó un punto esencial: ordenar el territorio no es solo un tema técnico. También implica una decisión ética y política, una apuesta por construir un modelo de ciudad que funcione para todos, no solo para unos pocos.
La participación no es opcional. Es el corazón del proceso.
Uno de los testimonios más potentes vino de Diana Cier, directora de planificación urbana del Municipio de San Miguelito. Y es que ella no se limitó a señalar problemas: habló de soluciones, de trabajo real en territorio, de lo que significa involucrar a las comunidades en la planificación urbana.
Contó que han organizado más de 35 talleres con más de 600 participantes para construir juntos el diagnóstico del distrito. ¿La meta? Que los propios ciudadanos sean los que digan cómo quieren que se desarrolle su entorno.
Y allí entendí algo crucial: si la comunidad no se adueña del plan, el plan muere cuando cambia el alcalde. Diana lo dijo mejor que nadie: “Los verdaderos expertos son los que viven en los barrios.”
¿Por qué seguimos improvisando?
Espino explicó que, antes de 2006, la zonificación se limitaba a las áreas urbanas, dejando el resto del país como un gran lienzo en blanco. Así, muchas zonas crecieron sin orden ni concierto: sin calles adecuadas, sin aceras, sin transporte, sin agua potable ni servicios básicos.
Mientras tanto, el Estado va siempre detrás, intentando tapar huecos, llegar a donde ya se construyó mal. El ejemplo del Metro de Arraiján y el tráfico colapsado de Panamá Oeste lo dice todo:
100,000 personas pierden tiempo y dinero todos los días por falta de previsión.
Consultas sin credibilidad, ciudades sin rumbo
Volvimos entonces al caso de San Francisco. Y la gran pregunta fue: ¿Qué falló en la consulta ciudadana? La respuesta: todo.
No hubo suficiente tiempo de explicación, ni confianza en el proceso, ni credibilidad en quienes lideraban la discusión. Panay fue muy claro: “Sin credibilidad, cualquier proceso participativo está condenado al fracaso.”
Y Espino cerró con una reflexión fuerte:
“Nunca hemos tenido una discusión seria sobre qué ciudad queremos.”
Y sin una visión compartida, lo que tenemos es una ciudad que se desordena cada día más: viviendas informales, empleos concentrados en el centro, y desigualdades que se profundizan en silencio.
El futuro depende de planificar juntos
Terminando el programa, me quedé con una frase que resume todo:
“No hay futuro sin ordenamiento territorial.”
Jorge Ricardo Panay lo dijo con firmeza. Y no es una exageración: si seguimos desarrollando mal nuestras ciudades, el costo será doble. Lo pagaremos con más tiempo perdido, más estrés, más exclusión, y más dinero invertido en soluciones tardías que no resuelven el problema de raíz.
Hoy más que nunca, necesitamos ciudades planificadas, sostenibles y participativas. Y eso no lo hace solo un gobierno, ni una ley, ni un plan técnico.
Eso lo construimos todos, como ciudadanos, como comunidad y como país.
¿Y tú qué opinas?
¿Sientes que tu corregimiento está bien planificado?
¿Has participado alguna vez en una consulta sobre el desarrollo de tu comunidad?
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